jueves, 28 de octubre de 2010


Cuando un adiós se pronuncia como una promesa del porvenir, el corazón inquieto no hace otra cosa más que aguardar por ese momento. Desde hace tiempo he tenido que decirte adiós. Esa palabra que estremece y que, muchas veces se muestra impronunciable, un no-querer que en el fondo del espíritu de aquél que tiene que dejar ir, se abraza hacia un querer prolongado.
El decir adiós es precipitado, sobre todo si se trata de una muerte, de una despedida que interrumpe un flujo en el ritmo vital de quien ama. Porque lo que duele a fin de cuentas, no es el ausente, sino la presencia ignorada de una intensidad vital que aún no se agota.
Dichas estas palabras, hemos venido hasta aquí para cumplir con una despedida. Este ahora que nos pertence, es el momento ya pronunciable en que nos decimos adiós. A media distancia de nuestros ojos, lejos de la ciudad y, un poco más cerca de las estrellas, esta región desaparecerá, y con ello quedará sellada para siempre la promesa ya cumplida. ¡Adiós amigo!

jueves, 7 de octubre de 2010

'Todos los días me rebelo contra el vértigo del instante; y pese a que encuentro en mí corazón la libertad de que no hay mañana, hoy quiero la vida como si la quisiera para siempre; y puesto que amo la vida con tal intensidad, el mismo estremecimiento se dirige hacia tí, con tal vértigo y tal libertad'