martes, 30 de noviembre de 2010


Aún no sé cuántas estrellas veía en el Cielo

El viajero y su sombra


Vivir era esa duración, era también ese consumirse silencioso, el desgaste vital de una fuerza distendida. Todo mi cuerpo tenía Memoria, y puesto que tenía memoria seguía siendo cuerpo. Fue así como llegué a la conclusión que sólo cuando la Memoria particular cesa, el cuerpo muere. Como la estrella, algún día me convertiría en nébula, y mi polvo se esparciría por el resto de una materia que coexiste con mi cuerpo. ‘Sólo lo que es nuestro se retira’: vida, memoria, duración, cuerpo. Ojalá pudiera retenerme, porque hay tanto de esta vida, hay tanto de mi cuerpo que me seduce a quedarme. ¿Por qué no me puedo retener? Ojalá mi Memoria pudiera retenerse del Olvido.

martes, 23 de noviembre de 2010


Nombrarle es aún presente; él aún responde. Él, es aquél, es -el otro-. Un adiós no ha sido pronunciado con la profundidad que la palabra implica. Adiós sería nombrarle y que no respondiera más, sería hablarle a su recuerdo, a una presencia que él mismo ignoraría ya, a él, aquél como otro ya pasado, como el otro que ya no está, y sin embargo estuvo y fue, y que pese a una despedida su presencia se mantiene como promesa nostálgica en un corazón aún latente. Es así como nosotros: el propio y el otro, nos encontramos en el mundo: como un instante fugaz o el sello avasallador del siempre o del nunca.

Ichbinbeidir




(…) Incesante la apariencia habita sus rostros y se va.
Como de la hierba, el rocío temprano de nosotros se retira lo que es nuestro,
como del caliente manjar trasciende el vapor.
¡Oh sonrisa! ¿Hacia dónde?
¡Oh mirada que se eleva!; contempla los árboles: son.
Y aún perduran las casas en que vivimos.
Sólo nosotros pasamos junto a todo como una ráfaga.
¡Miren!: acontece que mis manos entre sí se saben
o que en ellas mi rostro cansado se refugia.
-De mí mismo alguna conciencia esto me infunde-,
porque persiste el lugar que la ternura envuelve,
porque sienten la pura duración.
Así el brazo les parece promesa de eternidad.
Quizá nosotros también hallemos duradera una pura parcela de sustancia humana,
una franja de tierra fecunda que sea nuestra,
pues el propio corazón, nos trasciende