viernes, 16 de septiembre de 2011

Disculpen que no me haya ocupado de ustedes, ni de mi en tanto tiempo; los días han pasado y sólo miro las imágenes otoñales en mi cabeza. Quisiera poder decirles que he escrito, pero no lo he hecho. He pensado, y tal vez eso es más que suficiente. Aunque a veces quisiera no pensar. Retirarme al silencio donde mi mente no tiene más reclamos ni tristezas del corazón. Donde los pensamientos se disipan y yo puedo andar -libremente-. Hasta pronto....

lunes, 1 de agosto de 2011

Han sido días nublados. A veces creo que el cielo lee mis intenciones, mis emociones y se las apropia. Llueve como si yo lo hiciera: -pero no lo hago-; a veces creo que sólo he sufrido realmente una vez, y todo lo demás, fueron ficciones que alimentaron mi ego dramático. Te das cuenta que sufrimos porque queremos hacerlo? Que lloramos, nos enojamos con más ánimo con el que reímos? Que nos quejamos todo el tiempo como si ello sirviera para remediar nuestro vacío? La verdad es que estamos tristes. Somos seres tristes que les gusta nadar en el llanto de su propia tragedia y melancolía, y hemos redondeado una y otra vez nuestro dolor. Un situación curva que por donde se mire sigue siendo curva, y un círculo, son 360º del mismo sentimiento, de la misma pasión triste.

domingo, 3 de julio de 2011

No soy una historia que pueda ser (d)escrita ni de manera ascendente ni lineal. No he sido fácil de explicar, ni de comprender, pero, ¿qué más da? -Aquellos que buscan la libertad son los que viven menos libres, y yo, que ando sin preocuparme ni ocuparme, no he cedido ante ninguna gana, las hago todas y de buena cara.

Si me dicen que quiera, no quiero, si no quiero querer entonces luego me propongo amar, y cuando amo también quiero. Si quiero reír o llorar en la misma noche lo hago sin mayor esfuerzo. Hay gentes que el llanto y la risa les provoca la seriedad como de quien se desnuda por primer vez. A mí, en cambio me gusta prostituir mi sonrisa, mi mirada y mi corazón. No puedo decirles, de dónde he venido ni ha dónde voy. Vengo de muchas partes y me dirijo a muchas otras, he sido yo y no en el continuo intento de ser yo en el tiempo. Segura como cuerpo permanezco, como duración me mudo de piel. No soy una historia que pueda ser (d)escrita, ni de manera descendente ni circular. ¿quién soy yo? Sólo soy yo. ¡qué más da!

jueves, 16 de junio de 2011

(...) las flores han decaído y su recuerdo no embriaga ya mi memoria. Éste lugar eras tú, era nuestro silencio y nuestro hablar; eran los pasos desprotegidos de caminantes solitarios que nos rodeaban una y otra vez. Ésta vez miro fijo hacia el suelo y las sombras de los árboles se dispersan centelleantes: múltiples formas las acechan y ellas sólo bailan, bailan mientras los caminantes las pisan. Acaso no les duele? Acaso no sufren todo el peso de la gente? Tan livianas y desprotegidas que no gritan ni susurran. ¡oh! silencio delicado que las acompaña, sólo en ellas hay infinitud, bastas de tranquilidad no sufren, ¡no lloran! Ellas vienen desde las alturas y se postran a nuestros pies descansando en el seno de la tierra sin abrazarla realmente. Cuando la luz se les marcha se refugian por el horizonte infinito: unidas entre sí palpitan en la noche prolongando su silencio y libertad; se aman debajo de nosotros, detrás de nosotros, pero siempre fuera de nosotros. El sombrío rincón de la interioridad las atemoriza, y todas ellas son vida, vida tan silenciosa y ligera.
Me dirijo hacia el jardín del Edén; no es el jardín de la sabiduría, ni mucho menos el de la vida; no es tampoco el del amor: es el jardín de la muerte. Nuestra muerte que en aquél instante se hizo presente y con la que vencimos el tiempo con la gloriosa bandera de la eternidad. -¡Somos libres! ¡Sentid infinitas cosas!, ¡Retornad a mi cuando hayas muerto, que yo os haré vivir nuevamente!

martes, 31 de mayo de 2011

Elefante

Extraño consuelo. -Memoria- sí, del olvido no me acuerdo. Daré tres pasos hasta el cementerio donde te hemos enterrado; digo hemos, porque somos muchos ya a los que has dejado atrás. Y de olvido; de olvido no sabemos.
Extraño consuelo. -Silencioso-. Te escapas; huyes de las tinieblas para esparcirte radiante en la luz. Un sonido: mi grito o mi llanto. El ausente: tu voz. -Movimientos-. Sombras dispersas de ayer. Tú eres un ayer tan presente, el ayer ya no existe, pero tú, tú eres inmortal.
Extraño consuelo. -Memoria-. Me receto una dosis de tu ausencia. ¿Para qué? -Para reírme de mi impotencia. Extraño consuelo. -Memoria-.
Nombrar(te) es aún personal. Lo hago como si quisiera que me respondieras, o que, al menos pretendieras escucharme. Nombrar(te) es aún personal; como si me guiara por el recuerdo de algo -duradero-, de algo con nombre y lugar. Pero de todo ello, -nada- queda ya. Ni el llanto, ni el coraje, ni la caricia más íntima. Las ganas se me han agotado que incluso, ya ni siquiera me importa si no respondes ya.

Nombrar(te) es aún personal. Como lo hago con el árbol frente a mi ventana; con el gato en mi cama y los cigarrillos sin prender. Como de mañana nombro las horas e incluso al señor desconocido que espera siempre en la esquina. Nombrar(te)es personal, es cuestión de palabra, -de alguien que la sostiene-, y -aunque duelas- nombrar(te) es mi manera sutil de gastar tu nombre; de hablar de ti sin miedo y cobardía. Yo te nombro como nombro al ave, a la basura, al auto, al teléfono. -Nombrar(me)- para ti es secreto. Me guardas en silencio, celoso de desgaste, me guardas como algo que nada ni nadie más puede nombrar. Yo en cambio, te nombro.

jueves, 24 de marzo de 2011


El tiempo nos ata a medida, y según medida nos deshacemos de él.


A final de cuentas el todo se reduce a la nada; la nada es lo primero y único que en verdad existe

Me intrigo, sospecho, lo dudo.

El instante tiene el sello de la eternidad. Puedo saborear en él las delicias de la época pasada y aún presente. Pensamientos vienen de prisa libres a mi mente y deleitan el recuerdo vertiginoso del 'antes'.

El problema del Tiempo no se remite a sí mismo, sino a la interpretación y posesión que se la da.

Polvo de Estrellas


Somos una remota posibilidad esparcida por el espacio de las infinitas posibilidades.

'El Faro de tu corazón debe resplandecer sin importar la magnitud de la tormenta'.

Lo que observes en ese horizonte existe dentro de ti.

miércoles, 26 de enero de 2011

Cosas Simples


Por ahora no he podido pensar en algún otro nombre que pudiera titular un escrito que ni siquiera he esbozado de manera sistemática y consciente. He sido cuidadosa en no escoger argumentos premeditados, por lo que me despojo de todo interés mental que pudiera parecer razonable. Decidí escribir, como cualquiera lo pudo haber hecho. Me gustaría ser de la época de los hombres del tintero y la luz tenue. Yo en cambio pertenezco a la época de pianistas frustrados que se conforman con mover sus manos sobre un angosto teclado. Soy de la época de aquellos que viven en grandes ciudades, donde la luna y el sol han sido olvidados, casi borrados por una cuadrícula de cielo permitida entre apartamentos. El mío, es un lugar un tanto singular, ubicado en el techo de aquella cuadrícula, ¿mis privilegios? –Ninguno-. Simplemente gozo de buen gusto para seleccionar azoteas y poder mirar el cielo.

sábado, 1 de enero de 2011

morgen

No había necesidad de fingir un distanciamiento, de alejarme de prisa y sin rastro. No había necesidad de esconderse, ellos me habían encontrado.
El cielo se abrió al atardecer, cuando las aves negras volaron del vestíbulo para perderse en el horizonte. El sonido dejó de pronunciarse por un instante mientras la sangre corría sigilosa por mis manos. Gota a gota la vida se esfumaba en el vapor de la tarde, y el sonido, nunca más hubo de hacerse presente. Imágenes intermitentes cubrieron de fastidio mi mirada cansada. Hombres corriendo, gesticulaciones y movimientos bruscos. El mundo permanecía en silencio.
El movimiento dejó de ser vida, dejó de ser sonido y se congeló en el agujero del desperdicio. Frágil destino que se acurrucaba en la hora. Mi pecho estaba herido, y la vida no dejaba de escapárseme de prisa, yo no dije nada, no hube de moverme. De pie me entregué al último estruendo, caída brutal, figura de cristal que se estrella en el suelo. Pedacitos de mí se regaron por doquier, y aquella habitación entró en pánico toda ella, cual si su corazón se hubiese marchitado. Los hombres uno a uno se miraron, -culpándose-. Nadie deseaba ser el asesino, ellos los que juzgan había matado a quien juzgaron, y ahora ellos mismos se juzgaban a sí mismos, como bestias, como irracionales. La apatía marcó sus rostros en segundos de angustia y la ira se arraigó en sus corazones.
Desde aquél día, el asesino juzga por su misma condición. La ilusión de justicia cegó sus aspiraciones sinceras. De aquél hombre muerto nadie habla ya, nadie sabe por qué murió.

La desgracia del Solitario

He gritado a todos que he muerto, pero nadie sabe escucharme. ¿Qué diferencia puede haber en el lenguaje de los muertos? ¿Será a caso la incasable sin respuesta del que ya no está? -Yo no respondo, esa es mi verdad, no he de hacerlo nunca más, pero ¿qué acaso no escuchan lo que os estoy diciendo? ¡He muerto! ¡Venid por mi cuerpo y llevadme al precipicio del olvido! ¡Arrastradme al deseo infinito del eterno sin regreso!

Sabía a su verdad el aire discreto que de sus labios se desprendía por las mañanas. No podía retenerme a mirarle, en silencio y sin caricias. Tocaba suavemente la superficie de su cuerpo inmóvil, como una figura que se desvanece en el sueño quebrado por un estruendo repentino. ¡No podía retenerme!
Hube de levantarme a la hora que marcaba mi partida, con la ropa húmeda en el suelo, el interior de mi cuerpo no me parecía tan escondido a la luz del sol. Podía perderme en mis pensamientos, pero la prisa correteaba mi paso, ¡no podía retenerme!
Sus movimientos comenzaban a deslizarse hacia mi figura ausente. Aroma impregnado en unas sábanas gastadas en el cobijo de una noche. Él parecía mirarme dentro de sí, y yo no podía, no podía retenerme. Cerré la puertecita que me separaba de un conteo de ilusiones y sentimientos. No me pude retener.

Creo que hemos triunfado; como aquél que levanta los brazos entusiasmado tras una batalla sanguinaria en el coliseo. ¡Hemos vencido al león!
No os sabría mirar con ojos vencidos, no os podría mirar directamente y reclamar piedad, ¡no señor! Eso no soy yo: un cobarde que grita con astucia y estruendo, con ojos dilatados de temor taciturno. No os podría mirar con semejante descaro; ¡que me arranquen los ojos! ¡Que cese mi vida si he de hacerlo alguna vez! ¡Hemos vencido al león!