
Me encuentro así pues dispuesto de ánimo ante la vida que me acaricia y seduce. Me entrego a ti Eros que llamas mi atención. He tenido que combatir mil batallas y, en todas ellas he destruido y también he creado; tuve que vencer y en más de una vez ser vencido. Melancólico es mi espíritu que cada noche mira las estrellas y se sumerge en una profundidad reflexiva digna de un libre pensador.
A veces lamento la ruidosa imaginería que no calla en ningún momento, fastidiosa es la razón que todo lo rige, que todo lo niega y lo afirma, ¡oh contradicción de mi alma! Tan fácil que hubiera sido escoger el camino de los vencidos, de los que sólo caminan y andan, pero yo, furioso guerrero de noche y de día, me gusta el vértigo de la libertad y de la vida. Me siento desbordado en las pasiones que inmortalizan los instantes en los que un éxtasis colorea todo cuanto hay de rojas facetas. He encontrado mi destino; mi destino, es corazón mío ser un puente hacia algo más grande, hacia algo que yo mismo deseo superar, porque un espíritu libre es aquel capaz de trascenderse así mismo solamente en sí mismo; extraña filosofía que abunda en mis pensamientos, ¡trascendencia de uno mismo en sí mismo! ¡Vaya locura! Un héroe infatigable de trascendencia inmanentista, y el camino hacia algo más grande, ¿será acaso? ¿Yo mismo? Mejor enmudezco y me vuelvo ciego, silencioso, sí, como una melodía, ese es mi destino, ser un silencio perpetuo, y quizá, quién sabe, no lo sé, pero tal vez pueda llegar a ser en alguna otra ocasión nuevamente melodía, repetir cada tonalidad de mi espíritu será un honor. Callaré entonces, callaré, que quiero encontrarme con mi secreto.