sábado, 20 de marzo de 2010

Del Arte de Leer y del Arte de Escribir


El arte de Leer.- No es solamente el ojo el que se ejercita en el arte del buen leer; sino que en este tipo de ocasiones se ha de ejercitar el cuerpo completo para descubrir así las palabras de algún poeta dormido. Afinar los sentidos es tarea delicada para los espíritus dispuestos; si la escritura es un arte respetable, el arte del buen lector lo es aún más, se requiere no sólo finura en el trazo y delicadeza en la seducción; el lector se comporta como el buen amante o el buen amigo, que no sólo escucha y observa, sino que ama y siente, que llora, que sabe masticar y digerir. El buen lector no acepta las palabras sin cuestionarlas primero, sino que las comprende y las transforma, aprecia el espíritu del escritor e imagina cómo debió sentirse al escribir tal o cual cosa; el lector lo inventa y a veces le hace aparecer de modo infinito. Un buen lector sabe despreciar y cosechar pues asume su postura activa. En un juego de dados, el escritor tira la primera partida, el lector es el que ríe al final.

El arte de escribir.- Quien escribe no sólo lo hace para los ojos, lo hace apuntando al corazón; el poeta apunta su aguijón, pues donde su muerte ha de comenzar la vida correrá en la sangre del lector.

El segundero y El Arte del Relojero




El segundero.- Que vuestras manos aprieten con fuerza la marcha, haced como si vuestro corazón fuese el mensajero, pues las horas son pesadas para quien mira el segundero, para quien escucha ansioso y temeroso el paso del tiempo. El que espera sucumbe a su paso, pues ante todo ansía que el tiempo pase. Animad vuestro andar y amad la vida que hay detrás de cada instante. Que el segundero corra, avanzad a vuestro paso seguro y alegre que la vida es para quien la vive y no para quien la ve vivirse.

El Arte del Relojero.- Aprended el arte del relojero; aquél que esculpe el tiempo y que no sólo de las manecillas conoce; aquél cuyas manos no se encuentran atadas al tiempo, y el reloj a lo lejos ya no es mirado. El Relojero cuyas manos aprietan con fuerza la marcha de su corazón, firme y voluntarioso sale a la búsqueda de las horas y los segundos, aprende del arte de vivir sabiendo que las horas pasan y los días terminan, pero que las horas no consumidas son un desperdicio, que los segundos ignorados no vuelven, y agota cada hora, porque bien sabe que tarde o temprano su hora habrá de llegar. El relojero sabrá hasta dónde dio marcha a su vida, y habrá entonces relojeros de mediodía, de medianoche, de atardeceres y de amaneceres. ¡Aprended del arte del segundero!

Las Horas



He concentrado toda mi fuerza en vivir de noche y vivir de día,
Qué más da dirían algunos, si es el sol o si es la luna quien nos mira.
Sin embargo, el quehacer del solitario es diferente según la luz que le cobija.
A ciertas horas por ejemplo, el alma se vuelve susceptible y melancólica,
A diferencia de las mañanas bañadas en el rocío del corazón aún inocente que palpita en la primera infancia del día.

Después de un largo sueño, despertar no sólo es la tarea del despertar;
un parpadeo donde segundos de colores se transforman
y las formas que abundan en nuestra habitación adquieren cierto grado de familiaridad.

Cuando uno ejercita el acto de vivir cada hora,
ha de notar que los sueños por la tarde se vuelven más vivaces y voluntariosos. La comida por las mañanas se aprovecha mejor que en las noches,
y las largas caminatas nocturnas son incluso más agradables que al atardecer.
Las horas huelen diferente, incluso si es lunes o si es jueves,
si es enero o si es septiembre.

Los colores y las formas se transforman;
de las dos a las diez los cuerpos adquieren diferentes matices.
Mirar un árbol bajo el cielo rojizo,
pajarillos a su alrededor cantando los sonidos del atardecer,
el mundo es siempre más ruidoso a las seis.
Tempranero y entusiasta se levanta el espíritu;
naturaleza pensativa y silenciosa que descansa.

Mirar el reloj no indica que conozcamos del tiempo;
pues el tiempo ha de vivirse, ha de sentirse y experimentarse.
Quien conozca de las horas y los segundos sabrá entonces la diferencia del tiempo.
Sabrá que el mundo muda de piel y que cada instante es como un parpadeo;
hay que tener la suficiente fuerza para apretar cada uno a nuestro corazón
y así coleccionar la vida entera como un tiempo eterno.