Cuando un adiós se pronuncia como una promesa del porvenir, el corazón inquieto no hace otra cosa más que aguardar por ese momento. Desde hace tiempo he tenido que decirte adiós. Esa palabra que estremece y que, muchas veces se muestra impronunciable, un no-querer que en el fondo del espíritu de aquél que tiene que dejar ir, se abraza hacia un querer prolongado.
El decir adiós es precipitado, sobre todo si se trata de una muerte, de una despedida que interrumpe un flujo en el ritmo vital de quien ama. Porque lo que duele a fin de cuentas, no es el ausente, sino la presencia ignorada de una intensidad vital que aún no se agota.
Dichas estas palabras, hemos venido hasta aquí para cumplir con una despedida. Este ahora que nos pertence, es el momento ya pronunciable en que nos decimos adiós. A media distancia de nuestros ojos, lejos de la ciudad y, un poco más cerca de las estrellas, esta región desaparecerá, y con ello quedará sellada para siempre la promesa ya cumplida. ¡Adiós amigo!
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