Por ahora no he podido pensar en algún otro nombre que pudiera titular un escrito que ni siquiera he esbozado de manera sistemática y consciente. He sido cuidadosa en no escoger argumentos premeditados, por lo que me despojo de todo interés mental que pudiera parecer razonable. Decidí escribir, como cualquiera lo pudo haber hecho. Me gustaría ser de la época de los hombres del tintero y la luz tenue. Yo en cambio pertenezco a la época de pianistas frustrados que se conforman con mover sus manos sobre un angosto teclado. Soy de la época de aquellos que viven en grandes ciudades, donde la luna y el sol han sido olvidados, casi borrados por una cuadrícula de cielo permitida entre apartamentos. El mío, es un lugar un tanto singular, ubicado en el techo de aquella cuadrícula, ¿mis privilegios? –Ninguno-. Simplemente gozo de buen gusto para seleccionar azoteas y poder mirar el cielo.
Podréis juzgarme de la siguiente manera: como mentirosa y embustera por abusar de la palabra escrita, y no os culpo; llamadme entonces así sí bien lo deseas. Quedadte tranquilo que no os reprocharé nada a vuestro sentir que denuncia al mío; mi silencio será verdaderamente auténtico.
miércoles, 26 de enero de 2011
Cosas Simples
Por ahora no he podido pensar en algún otro nombre que pudiera titular un escrito que ni siquiera he esbozado de manera sistemática y consciente. He sido cuidadosa en no escoger argumentos premeditados, por lo que me despojo de todo interés mental que pudiera parecer razonable. Decidí escribir, como cualquiera lo pudo haber hecho. Me gustaría ser de la época de los hombres del tintero y la luz tenue. Yo en cambio pertenezco a la época de pianistas frustrados que se conforman con mover sus manos sobre un angosto teclado. Soy de la época de aquellos que viven en grandes ciudades, donde la luna y el sol han sido olvidados, casi borrados por una cuadrícula de cielo permitida entre apartamentos. El mío, es un lugar un tanto singular, ubicado en el techo de aquella cuadrícula, ¿mis privilegios? –Ninguno-. Simplemente gozo de buen gusto para seleccionar azoteas y poder mirar el cielo.
sábado, 1 de enero de 2011
No había necesidad de fingir un distanciamiento, de alejarme de prisa y sin rastro. No había necesidad de esconderse, ellos me habían encontrado.
El cielo se abrió al atardecer, cuando las aves negras volaron del vestíbulo para perderse en el horizonte. El sonido dejó de pronunciarse por un instante mientras la sangre corría sigilosa por mis manos. Gota a gota la vida se esfumaba en el vapor de la tarde, y el sonido, nunca más hubo de hacerse presente. Imágenes intermitentes cubrieron de fastidio mi mirada cansada. Hombres corriendo, gesticulaciones y movimientos bruscos. El mundo permanecía en silencio.
El movimiento dejó de ser vida, dejó de ser sonido y se congeló en el agujero del desperdicio. Frágil destino que se acurrucaba en la hora. Mi pecho estaba herido, y la vida no dejaba de escapárseme de prisa, yo no dije nada, no hube de moverme. De pie me entregué al último estruendo, caída brutal, figura de cristal que se estrella en el suelo. Pedacitos de mí se regaron por doquier, y aquella habitación entró en pánico toda ella, cual si su corazón se hubiese marchitado. Los hombres uno a uno se miraron, -culpándose-. Nadie deseaba ser el asesino, ellos los que juzgan había matado a quien juzgaron, y ahora ellos mismos se juzgaban a sí mismos, como bestias, como irracionales. La apatía marcó sus rostros en segundos de angustia y la ira se arraigó en sus corazones.
Desde aquél día, el asesino juzga por su misma condición. La ilusión de justicia cegó sus aspiraciones sinceras. De aquél hombre muerto nadie habla ya, nadie sabe por qué murió.
El cielo se abrió al atardecer, cuando las aves negras volaron del vestíbulo para perderse en el horizonte. El sonido dejó de pronunciarse por un instante mientras la sangre corría sigilosa por mis manos. Gota a gota la vida se esfumaba en el vapor de la tarde, y el sonido, nunca más hubo de hacerse presente. Imágenes intermitentes cubrieron de fastidio mi mirada cansada. Hombres corriendo, gesticulaciones y movimientos bruscos. El mundo permanecía en silencio.
El movimiento dejó de ser vida, dejó de ser sonido y se congeló en el agujero del desperdicio. Frágil destino que se acurrucaba en la hora. Mi pecho estaba herido, y la vida no dejaba de escapárseme de prisa, yo no dije nada, no hube de moverme. De pie me entregué al último estruendo, caída brutal, figura de cristal que se estrella en el suelo. Pedacitos de mí se regaron por doquier, y aquella habitación entró en pánico toda ella, cual si su corazón se hubiese marchitado. Los hombres uno a uno se miraron, -culpándose-. Nadie deseaba ser el asesino, ellos los que juzgan había matado a quien juzgaron, y ahora ellos mismos se juzgaban a sí mismos, como bestias, como irracionales. La apatía marcó sus rostros en segundos de angustia y la ira se arraigó en sus corazones.
Desde aquél día, el asesino juzga por su misma condición. La ilusión de justicia cegó sus aspiraciones sinceras. De aquél hombre muerto nadie habla ya, nadie sabe por qué murió.
La desgracia del Solitario
He gritado a todos que he muerto, pero nadie sabe escucharme. ¿Qué diferencia puede haber en el lenguaje de los muertos? ¿Será a caso la incasable sin respuesta del que ya no está? -Yo no respondo, esa es mi verdad, no he de hacerlo nunca más, pero ¿qué acaso no escuchan lo que os estoy diciendo? ¡He muerto! ¡Venid por mi cuerpo y llevadme al precipicio del olvido! ¡Arrastradme al deseo infinito del eterno sin regreso!

Sabía a su verdad el aire discreto que de sus labios se desprendía por las mañanas. No podía retenerme a mirarle, en silencio y sin caricias. Tocaba suavemente la superficie de su cuerpo inmóvil, como una figura que se desvanece en el sueño quebrado por un estruendo repentino. ¡No podía retenerme!
Hube de levantarme a la hora que marcaba mi partida, con la ropa húmeda en el suelo, el interior de mi cuerpo no me parecía tan escondido a la luz del sol. Podía perderme en mis pensamientos, pero la prisa correteaba mi paso, ¡no podía retenerme!
Sus movimientos comenzaban a deslizarse hacia mi figura ausente. Aroma impregnado en unas sábanas gastadas en el cobijo de una noche. Él parecía mirarme dentro de sí, y yo no podía, no podía retenerme. Cerré la puertecita que me separaba de un conteo de ilusiones y sentimientos. No me pude retener.

Creo que hemos triunfado; como aquél que levanta los brazos entusiasmado tras una batalla sanguinaria en el coliseo. ¡Hemos vencido al león!
No os sabría mirar con ojos vencidos, no os podría mirar directamente y reclamar piedad, ¡no señor! Eso no soy yo: un cobarde que grita con astucia y estruendo, con ojos dilatados de temor taciturno. No os podría mirar con semejante descaro; ¡que me arranquen los ojos! ¡Que cese mi vida si he de hacerlo alguna vez! ¡Hemos vencido al león!
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