
Sí miráramos en nuestro interior detalladamente y por un instante prolongado notaríamos sin dudarlo las arrugas de nuestro corazón; aquello que nos ha envejecido y nos hace menos vitales cada vez. Arrugas de melancolía, de nostalgia, de decadencia, barreras que lenta y silenciosamente nos alejan, no sólo de nosotros mismos, sino de alguien más, de aquel cuyo nombre es el 'otro'. No poder sentir a alguien más es estar muerto, no poder sentirse a uno mismo es estar muerto; muerto fingiendo estar vivo, y ¡qué espectáculo tan ridículo! Pasar la vida, sólo 'pasarla' sin vivirla, creyendo que la muerte es el más grande temor y enemiga, cuando sentados en su regazo hemos temido más aún al vivir.
Una noche tuve un sueño que precipitadamente me despertó, recordé una frase que en algún ayer había coleccionado. La imagen era la de mi 'corazón', era 'como una roca en medio del mar, seca por dentro.
¿Sabes tú o acaso sé yo lo que eso significa? Significa estar muerto, significa sentirse tan arrugado en medio de la vida, y más aún, que con toda aquella cantidad de 'agua' alrededor de la roca, toda la expresión de vitalidad y de alegría no es capaz de penetrarla siquiera.
No había entendido el final de aquel sueño cuando la roca era destruía, ¿acaso fui yo quien la destruyó? Y entonces, todas sus pequeñas partículas se esparcían por toda una orilla. Me había convertido en la arena de aquel mar y, de vez en vez, con cierta frecuencia y armonía, el agua llegaba hasta mi orilla y bañaba cada parte. Quizá en mi interior una fuerza de vitalidad fue la que estremeció aquella dureza. La vida es mi gran océano, y cada ocasión espero a que una ola acaricie sutilmente mi orilla. Las mareas no me atemorizan, qué la vida golpee entonces cada rincón!! Sólo así puedo bañarme de vida, sólo así las arrugas pueden borrarse.
N.G.
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