jueves, 16 de junio de 2011

(...) las flores han decaído y su recuerdo no embriaga ya mi memoria. Éste lugar eras tú, era nuestro silencio y nuestro hablar; eran los pasos desprotegidos de caminantes solitarios que nos rodeaban una y otra vez. Ésta vez miro fijo hacia el suelo y las sombras de los árboles se dispersan centelleantes: múltiples formas las acechan y ellas sólo bailan, bailan mientras los caminantes las pisan. Acaso no les duele? Acaso no sufren todo el peso de la gente? Tan livianas y desprotegidas que no gritan ni susurran. ¡oh! silencio delicado que las acompaña, sólo en ellas hay infinitud, bastas de tranquilidad no sufren, ¡no lloran! Ellas vienen desde las alturas y se postran a nuestros pies descansando en el seno de la tierra sin abrazarla realmente. Cuando la luz se les marcha se refugian por el horizonte infinito: unidas entre sí palpitan en la noche prolongando su silencio y libertad; se aman debajo de nosotros, detrás de nosotros, pero siempre fuera de nosotros. El sombrío rincón de la interioridad las atemoriza, y todas ellas son vida, vida tan silenciosa y ligera.

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