He concentrado toda mi fuerza en vivir de noche y vivir de día,
Qué más da dirían algunos, si es el sol o si es la luna quien nos mira.
Sin embargo, el quehacer del solitario es diferente según la luz que le cobija.
A ciertas horas por ejemplo, el alma se vuelve susceptible y melancólica,
A diferencia de las mañanas bañadas en el rocío del corazón aún inocente que palpita en la primera infancia del día.
Después de un largo sueño, despertar no sólo es la tarea del despertar;
un parpadeo donde segundos de colores se transforman
y las formas que abundan en nuestra habitación adquieren cierto grado de familiaridad.
Cuando uno ejercita el acto de vivir cada hora,
ha de notar que los sueños por la tarde se vuelven más vivaces y voluntariosos. La comida por las mañanas se aprovecha mejor que en las noches,
y las largas caminatas nocturnas son incluso más agradables que al atardecer.
Las horas huelen diferente, incluso si es lunes o si es jueves,
si es enero o si es septiembre.
Los colores y las formas se transforman;
de las dos a las diez los cuerpos adquieren diferentes matices.
Mirar un árbol bajo el cielo rojizo,
pajarillos a su alrededor cantando los sonidos del atardecer,
el mundo es siempre más ruidoso a las seis.
Tempranero y entusiasta se levanta el espíritu;
naturaleza pensativa y silenciosa que descansa.
Mirar el reloj no indica que conozcamos del tiempo;
pues el tiempo ha de vivirse, ha de sentirse y experimentarse.
Quien conozca de las horas y los segundos sabrá entonces la diferencia del tiempo.
Sabrá que el mundo muda de piel y que cada instante es como un parpadeo;
hay que tener la suficiente fuerza para apretar cada uno a nuestro corazón
y así coleccionar la vida entera como un tiempo eterno.
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