
En una época lejana la cual no recordamos ya, la cual hemos pintado con diferentes colores y vestido de trajes y formas que apenas alcanzan nuestra imaginación actual ha quedado suspendida en la memoria como una imagen aislada y sin movimiento, como una estación permanente.
Pensemos entonces en un hombre cualquiera anterior a nosotros, un rostro desconocido, sin peculiaridades ni formas particulares que nos aten a él de alguna manera, es él, aquél primer hombre. En ese instante en que lo dibujamos en un paraíso, solitario y silencio, nos preguntamos la manera en que aquél hombre debió preguntarse, sí es que lo hacía, sí es que su existencia le causaba una especie de asombro y extrañeza.
(...)
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