No había necesidad de fingir un distanciamiento, de alejarme de prisa y sin rastro. No había necesidad de esconderse, ellos me habían encontrado.
El cielo se abrió al atardecer, cuando las aves negras volaron del vestíbulo para perderse en el horizonte. El sonido dejó de pronunciarse por un instante mientras la sangre corría sigilosa por mis manos. Gota a gota la vida se esfumaba en el vapor de la tarde, y el sonido, nunca más hubo de hacerse presente. Imágenes intermitentes cubrieron de fastidio mi mirada cansada. Hombres corriendo, gesticulaciones y movimientos bruscos. El mundo permanecía en silencio.
El movimiento dejó de ser vida, dejó de ser sonido y se congeló en el agujero del desperdicio. Frágil destino que se acurrucaba en la hora. Mi pecho estaba herido, y la vida no dejaba de escapárseme de prisa, yo no dije nada, no hube de moverme. De pie me entregué al último estruendo, caída brutal, figura de cristal que se estrella en el suelo. Pedacitos de mí se regaron por doquier, y aquella habitación entró en pánico toda ella, cual si su corazón se hubiese marchitado. Los hombres uno a uno se miraron, -culpándose-. Nadie deseaba ser el asesino, ellos los que juzgan había matado a quien juzgaron, y ahora ellos mismos se juzgaban a sí mismos, como bestias, como irracionales. La apatía marcó sus rostros en segundos de angustia y la ira se arraigó en sus corazones.
Desde aquél día, el asesino juzga por su misma condición. La ilusión de justicia cegó sus aspiraciones sinceras. De aquél hombre muerto nadie habla ya, nadie sabe por qué murió.
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